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    ENRIQUE HERRERO DUCLOUX
 

 

 

"Ante los hombres jóvenes más que todos los libros, vale el ejemplo del sabio o del estudioso en plena labor". (E.H.D.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Extracto de la memoria de 1918 rubricada por el Dr. Enrique Herrero Ducloux en relación con el Personal Auxiliar y Técnico:

"Nunca nos felicitaremos bastante de haber implementado en nuestro Instituto el sistema de concurso de méritos para la provisión de cargos en el personal técnico auxiliar de la Escuela, porque en todos los casos hemos encontrado elementos de la labor sin tacha, colaboradores eficaces de los profesores en los laboratorios."

Extracto del mensaje de cierre del Segundo Congreso Sudamericano de Química de Montevideo:

"Es menester que contraigamos compromiso solemne de trabajar desde el laboratorio, desde la cátedra universitaria o de divulgación científica, a través del libro y del periódico, para que jamás puedan escribirse en nuestro continente esa páginas dantescas de Barbusse, Latzko, Frank, Remarque y Renn, que mueven a un tiempo a la admiración y al horror, y para que nunca reflejen una realidad americana las visiones sangrientas de Rubens, Durero, Böcklin, Von Stuck, Hubin, Strathmann y Kolb inspiradas por la guerra.

Y si nuestros días se apagan antes de contemplar el prodigio cumplido, no importa: habremos llenado nuestra misión sagrada e ineludible. Y cuando el ala de la muerte nos lleve a esas islas afortunadas del silencio y del olvido, de donde jamás se vuelve, nuestro triunfo estará asegurado, nuestra victoria, gloria de América, será obra nuestra, si en los hombres de estudio de la generaciones que se alzan ya como una promesa del mañana, hacemos carne de tu carne, cal de sus huesos, la convicción íntima de que una ciencia sin contenido ético no es ciencia, sino una flor sin perfume, un cuerpo sin alma, menos aún, una sombra sin cuerpo. Digámosles, sin cesar, que la ciencia sin conciencia es arco maravilloso de un puente gigantesco, pero lanzado sobre el vacío; que es como el árbol prodigioso de la leyenda oriental de sombra perfumada y cuyo follaje canta bajo el viento, pero escondiendo entre sus ramas frutos envenenados; que es el oro maldito de los placeres de Klondyke en Alaska, que no sirve sino para prostituir los cuerpos y corromper las almas."

La hoja de roble, emblema de la Universidad:

Diseñada por el Dr. Herrero Ducloux en 1900, la hoja de roble es el emblema de la Universidad de La Plata. Se basó en la mitología griega que consideraba al roble como árbol consagrado a Zeus, directamente relacionado con Pallas Atenea, Diosa de la Sabiduría, la Ciencia, el Arte y la Industria. El roble simboliza, además, la firmeza, el vigor, la severidad y la perennidad.

 

 

  Su nombre ...
 

Una sombra, lentamente, se desliza bajo el puente de rígido hormigón dejando invisibles huellas sobre los viejos escalones graníticos. Atraviesa la alta puerta sin ruido alguno y se deja llevar por la brisa hasta el centro del patio. Gira lentamente sobre sí, flotando en sus pensamientos, recorriendo con su vista cada moldura, cada hierro, cada madera, cada mármol. Recordando cada artesano, cada golpe de cincel, cada silencio de alumno, cada profesor meditando su clase.

¡Cuánto tiempo había pasado!. Más de un siglo ... mucho más de un siglo. ¡Cuánto había cambiado todo!.

¡Qué lejos estaban sus primeros años con sus pequeños ojos llenos de vasca Navarra, llenos de verdes colinas y cristalinos ríos!. ¡Qué lejos se veían aquellas españolas tierras jugueteando con la afrancesada frontera!. Los Pirineos, el mar golpeando sus rocosas caletas, sus aislados castillos escondidos entre bosques, sus pequeñas aldeas y sus pallozas, sus laboriosos pueblos y el aroma a uva tempranillo de los viñedos; todo, aún, se mantiene inalterable en su memoria.

En esa Navarra había nacido un 6 de enero de 1877; llevaría por nombre, Enrique.

 

 

 

 

 

Enrique Herrero Ducluox

a los 4 años

 

 

 

 

Meditó unos instantes sobre aquellos turbulentos y lejanos días en España, con una República recientemente proclamada, con las reiteradas guerras carlistas y un gobernante, Alfonso XII.

Desde el centro del patio, girando y girando, la sombra busca una escalerilla que ya no está. En esos giros siente sobre su piel una suave brisa; igual a aquella que acarició su infantil rostro y que el inmenso mar le brindaba para acunarlo en su viaje a la lejana y misteriosa sudamérica.

Vienen a su mente recuerdos que explican aquel viaje y aquella radicación en la desconocida Provincia de Santa Fe, Argentina. Una esperanza de vida distinta sustentada en las políticas que, durante el gobierno de Nicolás Avellaneda, alentaban la inmigración.

Su vista se detiene en las viejas balaustradas, similares a aquellas de las escuelas santafesinas donde completó primario y secundario recibiéndose de Maestro Normal en 1893. Una pícara sonrisa ilumina su rostro al recordar como, con tan solo diecisiete años, ya andaba haciendo de maestro en la Escuela Normal de Rosario.

 

 

Maestro en la Escuela

Normal Nacional de

Rosario (17-08-1893)

 

 

 

 

Recordó que, los edificios de Buenos Aires, también tenían balaustradas similares.

Chata Buenos Aires a la que llegó en 1896 tras atravesar por horas, desiertos campos polvorientos. En esa ciudad de 200.000 habitantes continuaría dando clases. Le alegró retener aquellas juveniles imágenes. Desempolvó de su memoria algunas grises fotos de aquellos mayoritarios techos de "azotea", de los pocos de madera o paja y de los difíciles de encontrar de teja. Desde el fondo de sus neuronas, recorrió Callao hasta donde terminaba la ciudad y se asombró, como la primera vez, con la visión de la orgullosa nueva estación de trenes sobre la Plaza Miserere. Vibró en sus oídos el voceo de un diariero que, ofreciendo el recientemente fundado diario La Nación, arrastraba sus cansados pies por una vieja Plaza Victoria donde ya no estaba la Recova, demolida por el Intendente Torcuato de Alvear.

Flotando en el aire, la sombra deslizó suavemente sus manos por las columnas de hierro y una suave vibración recorrió su cuerpo; la misma sensación que vivió al abrir, en 1897, la puerta de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la Universidad de Buenos Aires para cumplir con el plan de cuatro años de estudio que, tras 19 materias en su mayoría relacionadas con la Química, lo llevaría al título de Doctor en Química. 

En cada célula de sus dedos, mientras seguía recorriendo y estudiando cada centímetro de las viejas columnas, volvió a sentir la austera pluma que, inundada de negra tinta, escribía cada renglón de su Tesis. Redondeadas letras dibujaban un título: "Contribución al estudio de la Pata del Monte - Ximena americana L.". Volvió a emocionarse, a estremecerse, al recordar como le temblaba el pulso al homenajear en su texto al Dr. Francisco Bosque y Reyes y al Ing. Francisco Biraben así como a su padrino de Tesis, el Dr. Atanasio Quiroga.

Aún mantenía nítida su propia imagen escribiendo la fecha sobre el papel: "1901".

Tampoco escapa de su memoria aquella plena primavera de noviembre de 1901 cuando dicha Tesis le es aprobada convirtiéndolo en el primer egresado de esta especialidad en el país; simplemente: el primer Doctor en Química de Argentina.

Recuerda la fiesta posterior, se veía joven y exitoso, todos le aseguraban un futuro brillante, hablaban de su inteligencia y él agradecía. Recordaba a sus maestros y volvía a agradecer. Su Tesis era centro de conversaciones y los nombres de Arata y Parodi eran referentes obligados de su trabajo así como su actividad, desde 1899, en los Laboratorios del Ministerio de Agricultura de la Nación.

Se disiparon de su mente los homenajes por la Tesis y se vio dando clases como Profesor en la Facultad, primero como Suplente y hacia 1906 como Titular. Se vio sentando las bases del Instituto de Profesorado creado por el Ministro Dr. Juan R. Fernández y se vio meditando sobre interesantes propuestas que venían desde una nueva ciudad creada desde la nada en tierras no tan lejanas. Una nobel ciudad que potenciaba fuertes desafíos, cobijaba intrigas políticas y mezclaba a motivante intelectualidad con brillantes científicos. 

La Plata era el nombre de la Ciudad; La Plata era su convocante.

¡La Plata!. Aún recuerda sus primeros pasos por esa Ciudad que era más planos que realidad. Desparramada cuadrícula exacerbadamente simétrica; con sus fastuosos y nuevos edificios frente a las pocas calles empedradas, gigantes de cemento a medio erigir frente a inmensas y desérticas plazas, un bosquecillo al que se llegaba por calles polvorientas llenas de sueños ... muchos sueños.

La sombra aprieta firme la columna y repite, como aquella vez: "Me quedo en La Plata". 

Siente calidez en su palma, como cuando estrechó la mano de María Luisa Fonrouge con quien formaría pareja y con quien compartiría sus días criando cuatro hijos: Enrique, Kelvin, Abel y Solita.

  

 

 

María Luisa Fonrouge

y Solita Herrero Ducloux

 

 

 

Abre todas las puertas y no encuentra los muebles donde estaban, hay otros distintos. Las salas y sus contenidos se desparraman de otro modo. Lo sorprenden los cambios, se desconcierta. Sin embargo el edificio, su esqueleto, sus venas, sus músculos son los mismos. Lo reconoce. Moviendo suavemente el aire asciende por la escalera de blanco mármol de Carrara hacia el primer piso, la yema de sus dedos roza imperceptiblemente la madera del pasamanos dibujando cada imperfección. Se asoma al balcón que da al patio y aspira profundamente el aire; se inunda con ese inconfundible aire de La Plata. Recuerda que había hecho lo mismo cuando le propusieron organizar la Escuela de Química y Farmacia en el Instituto del Museo. Recuerda como se había puesto de pie y como había exalado suavemente aceptando el desafío.

Recuerda los esfuerzos y a los que lo acompañaron; pero, fundamentalmente recuerda aquel 1919 cuando la Escuela pasa a ser Facultad autónoma bajo el nombre de Facultad de Ciencias Químicas; para luego, en 1923, tomar el nombre de Facultad de Química y Farmacia entregando títulos de Doctor en Química, Doctor en Química y Farmacia, Perito Químico y Farmacéutico.

Se le humedecen los ojos al recordar lo halagado que se sentía al ser elegido primer Decano.

Años de trabajo, de investigaciones, de docencia, de fatigas. Fotogramas que velozmente circulan por su cerebro y le muestran destellos de pedazos de historias: el leñador Manuel Costilla mostrándole el Meteorito El Toba en Campo El Rosario de Santiago del Estero para que tome muestras para analizarlo.

Rememora las conversaciones con Lavenir viajando hacia las lejanas Termas del Copahue para estudiarlas; las horas destinadas a unificar todas sus investigaciones en las Notas Microquímicas sobre el "doping", los Datos químicos sobre gases de guerra y sustancias auxiliares y un Codex Alimentarius; su pasión por reconstruir la historia de la Química en la Argentina en sus dos trabajos que abarcan los períodos 1810-1910 y 1872-1922; las biografías escritas sobre Luis Arata, Enrique Poussart, Juán José Kyle, Miguel Puiggari, Angel Gallardo, Joaquín V. González y sus obras de divulgación científica; las traducciones de publicaciones alemanas y la creación y dirección en 1923 de la "Revista de la Facultad de Ciencias Químicas".

El Dr. Herrero Ducloux durante la Sesión Preparatoria de la Conferencia

Bromatológica Nacional del 17 de diciembre de 1934

 

 

 

Comienza a descender, escalón por escalón, mientras recorre una a una la colección de fotos. Al llegar a la planta baja se cruza con una placa, la acaricia con sus dedos y lee: "Dr. Enrique Herrero Ducloux - Edificio Central - 1997". Una sonrisa se dibuja en su rostro y sigilosamente, como llegó, empieza a alejarse; dibujando invisibles huellas que invitan a ser seguidas.

 

Aldo H. Campana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caricaturas del Dr. E. Herrero Ducloux

 

1: Autor Valdivia (Caras y Caretas, Buenos Aires, 1931).

2: Autor Centurión (Atlántida, Buenos Aires, 22-09-1924).

3: Autor Macaya (Caras y Caretas, Buenos Aires, 23-10-1924).

4: Autor Dr. Jorge Gascón, Profesor de la Facultad de Química y Farmacia de la UNLP.

5: Autor Milord Artico (Fray Mocho, Buenos Aires)

 

 

 

 

En 1913, con el nombre de "El fermento de Thanaton", edita en Barcelona un libro que describe las teorías y las aplicaciones de la catálisis.

 

 

 

 

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En 1923, al cumplir 30 años con la docencia, recibe diversas salutaciones de reconocimiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Dr. Enrique Herrero Ducloux en 1948

 

 

 

DATOS COMPLEMENTARIOS:

En 1912 el Dr. Herrero Ducloux funda la Sociedad Química Argentina de la que pasa a ser su primer Presidente. También fue Director de los Anales. Presidente del Primer Congreso Sudamericano de Química en 1924. En 1937 es distinguido con el Premio F. P. Moreno otorgado por el Museo platense. En 1945, en la Provincia de Buenos Aires preside el Consejo Profesional de Química. Recibió numerosas distinciones: Académico de la Universidad de San Marcos de Lima; Correspondiente de distintas Academias: Barcelona, Madrid, Cadiz y Toulose; Socio Honorario de la Sociedad Brasileña de Química; similares reconocimientos en Perú y México; etc.

Fue Consocio y Presidente del Rotary Club de La Plata.

En 1922 la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba lo cuenta como Miembro Titular y en 1925 integra la Academia de Ciencias como Académico Titular. En 1932 se retira voluntariamente de la dirección honoraria del Instituto de Investigaciones Químicas.

Por Resolución del Consejo Académico de la Facultad de Química y Farmacia, sancionada el 5 de noviembre de 1932 (Exp. 417-C-1932), establece que se designe con el nombre de Enrique Herrero Ducloux el Aula y Laboratorio de la Cátedra de Química Analítica (III curso), que tuvo a su cargo desde su fundación en el año 1906 hasta principios de 1927.

En 1937 recibe el Premio "Francisco P. Moreno", de manos del Dr. Joaquín Frenguello en el Museo de La Plata (foto inferior).

La Asociación Química Argentina oportunamente resolvió otorgar un galardón que lleva su nombre y está destinado a premiar la mejor Tesis aprobada en los dos años anteriores a la convocatoria al concurso alternándose las distintas temáticas relacionadas con la Química.

El 23 de julio de 1962, el Dr. Enrique Herrero Ducloux fallece, luego de una prolongada enfermedad, a la edad de 85 años.

ACCEDA AL MATERIAL DEL ACTO PUBLICO DE HOMENAJE REALIZADO EL 26/11/1951

 

(Se agradece la colaboración del Dr. Enrique Baran y de la Asociación Química Argentina)

(Revista de la Facultad de Ciencias Químicas-VIII)

(Enrique Herrero Ducloux, el Químico, el Pensador, el Maestro - Comisión de Homenaje - 1952)

 

 
 

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